Mi Semana Santa
 
Desde estas humildes líneas, quisiera mostraros lo que aun conservo en las retinas de mis ojos, de aquellas Semanas Santas, vividas de cerca durante mi niñez y que hasta hoy las recuerdo con cariño.
La Semana Santa que yo os relato, nada tiene que ver con la semana santa que hoy vivimos en nuestro pueblo, en aquella semana santa se vivía y se participaba de distinta manera.
 
Apenas pasada la Navidad, tiempo alegre y gozoso para toda la cristiandad, por el nacimiento del Hijo de Dios y cuando todavía resonaban en nuestros oídos el canto alegre de los villancicos, nos llegaba la Cuaresma, tiempo de ayuno, oración y penitencia.
 
Miércoles de Ceniza, día grande en nuestra Parroquia.
Niños y mayores, del pueblo y la huerta acudían para recibir la imposición de la ceniza.
La cuaresma en nuestra Parroquia de la Salceda se vivía con intensidad, pues para este fin Don Rafael preparaba charlas cuaresmales, Vía Crucis y alguna que otra tanda de ejercicios espirituales, siempre dirigida por los padres Jesuitas, Dominicos, Franciscanos o de cualquier otra orden religiosa, que durante este tiempo permanecían en nuestra Parroquia.
Los Cultos celebrados, desde Miércoles de Ceniza hasta Sábado de Gloria, se celebraban con toda Solemnidad, se cuidaba hasta el más mínimo detalle para mayor esplendor y fervor religioso. Recuerdo con gran cariño, aquellas Exposiciones Mayores del Santísimo Sacramento, con los cantos propios de Cuaresma y con aquellos piadosos y hermosos sermones que desde el púlpito, con voz firme y potente nos llegaban de boca de los mejores predicadores.
 
Días antes de Viernes de Dolores, recuerdo que llegaban por la Iglesia la camarera de la Virgen Doña Pepita Meca y sus colaboradoras María Vicenta Férez, Lola del Cordetas, Bibiana y Josefa de Cruz Molina entre otras, con la ropa de la Virgen, dispuestas una vez más a poner todo su empeño y cariño para que la Virgen de los Dolores quedara perfectamente vestida.
Para las novenas y procesión de Viernes de Dolores, la Virgen lucía un hermoso manto azul cielo, conocido como el manto “de las piñas” debido a los dibujos de su brocado, haciendo juego con un vestido rojo, en su cabeza una aureola con doce estrellas, en su pecho una espada clavada, y ciñendo su cintura su camarera le colocaba el cubre Cáliz de Don Rafael, bordado en hilo de oro, que tenia forma de una lazada con dos largas caídas.
Para estos días grandes del septenario, el Altar Mayor se convertía en un hermoso Calvario, pues arriba en el camarín de nuestra Patrona, se colocaba el Cristo Crucificado y en la parte baja sobre dos pedestales, uno a derecha y otro a izquierda, las imágenes de San Juan y la Virgen de los Dolores. Nuestra Iglesia sencilla, pero acogedora disponía de todo lo necesario para grandes solemnidades.
La última semana de Cuaresma, llamada Semana de Pasión, se cubrían con un paño morado todas las imágenes hasta Sábado de Gloria.
 
Viernes de Dolores.
Apenas caer la tarde, las campanas volteadas por los mozos del pueblo, anunciaban la salida de la procesión, ya en el dintel de la puerta, a hombros de sus costaleros, aparece la Virgen de los Dolores, la gente se agrupa alrededor de su trono, quieren verla de cerca y en silencio hablarle desde el corazón.
La procesión formada por dos largas filas de personas alumbrando, transcurrían todo el itinerario, cantando una y otra vez, salves y plegarias a la Virgen.
 
La última semana de cuaresma, se celebraba el Solemne Quinario a Nuestro Padre Jesús Nazareno, para dicha celebración, su camarera Ascensión de Pío, siempre acompañada de su nuera, Rafaela Hernández, vestían al Señor. Cuando la tía Ascensión colocaba la corona de espinas sobre la cabeza de Nuestro Padre Jesús, como ella ya veía poco, le decía a su nuera que una de las espinas de la corona tenía que quedar sobre la gota de sangre que el Señor llevaba en la frente, y esta según las instrucciones de su suegra la colocaba, llegando a ser años más tarde la camarera de Nuestro Padre Jesús del mismo modo que Ascensión de Pío heredo este cargo de su madre, y con él, el amor y devoción a esta Sagrada Imagen.
Nuestro Padre Jesús, perfectamente vestido, para estos días grandes del Quinario, lucía túnica de piñas, color morado, sobre sus sienes una corona de espinas, ciñendo cuello y cintura, cordones dorados y con sus manos abrazaba la cruz que sobre sus hombros descansaba.
La imagen de San Juan, que durante el septenario había acompañado a la Virgen de los Dolores en el Altar Mayor, ahora cede el puesto a Nuestro Padre Jesús.
 
Domingo de Ramos. Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén.
A las 10 de la mañana, bendición de palmas y olivos y procesión desde la Ermita de la Cruz hasta la Iglesia, para esta procesión los niños de Primera Comunión regalaron al Nuestro Párroco una hermosa capa fluvial en tejido granate, brocado en hilo de oro, que por suerte aún se conserva en nuestra parroquia, luciéndola nuestro Párroco cada Domingo de Ramos.
 
Miércoles Santo, Procesión del Silencio.
Nuestra calle Mayor, junto a la Iglesia, ya se veían los kioscos del Horchatero, La Rada y Dolores de las pipas, repletos de caramelos vistosos, debido al colorido de sus envolturas, que cada uno de ellos con ingenio preparaba, que esa noche los nazarenos comprarían para repartir en la procesión.
A primera hora de la tarde, la Imagen del Cristo Crucificado, colocado en su trono de pequeñas dimensiones simulando el Monte Calvario, esperaba la llegada de su camarera Doña Ángeles Fernández Velazquez y sus colaboradores, Faustino Fernández Sánchez, Juan Muñoz Egea y Joaquín Cantero Martínez entre otros, para realizar el arreglo floral.
El rosal que se colocaba en la Cruz, se cortaba esa misma tarde del huerto de su camarera, para mayor lucidez, a este, se le añadían más cantidad de rosas, cortadas también del mismo huerto.
Sobre las 10 de la noche, en silencio a oscuras y al redoble del tambor, salía a la calle esta procesión, compuesta por las únicas tres cofradías existentes en nuestro pueblo, San Juan, La Virgen de los Dolores y Nuestro Padre Jesús, que en sus filas de nazarenos desfilaba el único trono de esta procesión, El Cristo Crucificado, y tras El, largas filas de penitentes cumpliendo promesas.
 
Jueves Santo, día de Monumento y Confesiones.
La iglesia era un hormiguero de gente yendo y viniendo, Catalina Férez y un grupo de mujeres, preparaban aquel Monumento de grandes escalinatas colocado en la capilla de los Señores D’Stoup. Una vez terminado su conjunto quedaba abrazado armoniosamente por aquellas hermosas rejas que cerraban la capilla, hoy desaparecidas.
En los oficios de Jueves Santo, el sacerdote desnudaba los altares en recuerdo que también Jesús, los desnudaron en el Pretorio, para azotarle y en el Calvario para crucificarle. Los altares quedaban desnudos sin manteles, los candelabros volcados sin velas, solo el crucifijo quedaba en pie tapado con un crespón morado, hasta Sábado de Gloria.
Finalizada la Liturgia, el Señor bajo palio y con un gran aroma a incienso, era trasladado hasta el Monumento para la adoración de los fieles. El Altar del Monumento, simboliza la prisión donde estuvo Jesús, hasta cargar con la cruz.
 
Viernes Santo. Procesión del Calvario.
En la madrugada de Viernes Santo, cuando la gente que aún velaba al Señor, se marchaban a descansar, entrábamos los que teníamos que preparar los tronos para la procesión de la mañana. Cada grupo en su trono, intentábamos arreglarlo lo mejor que sabíamos, incluso nos ayudábamos unos a otros con el fin de que todo estuviese listo para la salida de la procesión, compartiendo lo poco que teníamos, sin ánimo de ser el protagonista en la calle esa misma mañana.
Entre nosotros nos las arreglábamos, el que tenia mas por el que tenia menos, lo único que pretendíamos era poner la procesión en la calle, siempre lo mejor posible, dentro de nuestras posibilidades, para que la gente de nuestro pueblo y los que nos visitaran, disfrutaran de la belleza de nuestras Imágenes, música de nuestras bandas, y colorido de nuestras túnicas.
Durante la velada siempre habían personas que indistintamente a que cofradía pertenecieran, pasaban con dulces caseros y algún licor para aliviar la madrugada. Apenas amanecía, las mujeres rociaban y barrían la calle para cuando pasaba la procesión.
Sobre las 8 de la mañana la matraca en lo más alto de nuestro campanario anunciaba con ese sonido tan peculiar de madera contra madera, la salida de la procesión. Los nazarenos iban llegando y formándose delante de sus tronos, preparándose para la salida, a las 8.30 se abren las puertas y aparece la banda de tambores y cornetas, estandarte y nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, tras ellos la Imagen de Jesús, el sol de la mañana hace brillar con mayor esplendor la hermosa túnica bordada en hilo de oro, que Don Rafael, con los donativos de sus feligreses, pudo llevar a cabo en los talleres de Peneque, en la Ribera de Molina de Segura.
En segundo lugar aparece el estandarte y nazarenos de la Verónica, cerrando esta cofradía aparecía la Imagen de la Santa Mujer Verónica, mostrando la Santa Faz de Jesús en sus manos, sobre el trono cedido para procesionar, de nuestra Patrona la Virgen de la Salceda.
En tercer lugar, aparece la Cruz Guía y nazarenos del Cristo, cerrando esta cofradía el  trono con la Imagen del Cristo Crucificado, sobre un calvario de claveles rojos.
En cuarto lugar, aparece la banda de tambores y cornetas, estandarte y nazarenos de San Juan, cierra esta cofradía el trono con la Imagen de San Juan, el discípulo amado, que con su dedo muestra el camino a la Virgen Dolorosa.
Quinto y ultimo lugar el estandarte y nazarenos de la Virgen, cerrando esta cofradía el trono con la Imagen de la Virgen de los Dolores, poniendo broche final al cortejo luciendo su hermoso manto azul que su párroco mando hacer en los talleres del paso blanco de Lorca. El sol radiante de la mañana, había detenido su caminar, para recrearse en la cara de la Dolorosa.
Tras los oficios del Viernes Santo, a las 9 de la noche, salía la última procesión de nuestra Semana Santa, procesión del Santo Entierro. De nuevo recorríamos en silencio las calles de nuestro pueblo, acompañando a la madre Dolorosa en su soledad.
El manto negro diseñado por Don Gonzalo Pérez (Padre de Titina) y bordado por la Señoras Pepita Meca Zapata, Rosario López Febrero conocida como Rosario del medico y Dolores Sarabia Mengual, Lola la del cordetas. Lo estreno la Virgen a principios de los 40 del siglo pasado.
La diadema de plata con doce estrellas de estilo barroco y el corazón con los siete puñales que lleva la Virgen sobre su pecho, es un regalo de Doña Soledad de los Estéricos en el año 1878, según inscripción de la corona “Soledad de los Estéricos a la Virgen de la Soledad de Las Torres de Cotillas” imagen que fue destruida en 1936, durante la guerra civil.
La diadema y corazón se salvaron por encontrarse escondidos en el domicilio particular de Doña Eugenia López Vidal, que terminada la contienda fue devuelto en perfecto estado a la parroquia. Esta diadema y corazón es el que luce actualmente la imagen de la Virgen de la Soledad, que este año protagoniza el cartel de Semana Santa. 
 
Sábado de Gloria.
Todo parecía distinto, en la calle se palpaba la alegría de la Resurrección de Jesús.
De los oficios de Sábado de Gloria, lo que más me emocionaba, era cuando con el canto de Gloria caía el dosel morado que cubría la imagen de Nuestra Patrona al tiempo que se iluminaba el camarín y las campanas al vuelo manifestaban la alegría de la Resurrección.
 
Esta es la Semana Santa que yo quiero compartir con todos ustedes, muy distinta a la que vivimos hoy en día, debido a sus grandes dimensiones, pero no por ello menos emotiva, y siempre vivida desde la mas estricta religiosidad, fe y devoción. 
 
 
Joaquín Ruiz García


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